¡Atención! Este sitio usa cookies y tecnologías similares. Si no cambia la configuración de su navegador, usted acepta su uso. Cerrar

Lealtades peligrosas

Lealtades peligrosas
05/02/2016
admin

 Artículo publicado en la revista nº24 Figura-Fondo en 2008, difundida por el Instituto Humanista de Psicoterapia Gestalt.

Olga Diéguez

"Para que pueda ser he de ser otro,

Salir de mí, buscarme entre los otros,

Los otros que no son si yo no existo,

Los otros que me dan plena existencia"

(Octavio Paz)

"...y así el deber, lo moral, lo inmoral y lo amoral,

la justicia, la caridad, lo europeo y lo americano,

el día y la noche, las esposas, las novias y las amigas,

el ejército y la banca, la bandera y el oro yanqui o moscovita,

el arte abstracto y la batalla de Caseros pasaban a ser como dientes o pelos,

algo aceptado y fatalmente incorporado,

algo que no se vive ni se analiza porque es así y

nos integra, completa y robustece."

(Rayuela, Julio Cortázar)


Introducción

        Un tema que llama poderosamente mi atención es el de la dificultad que tenemos para relacionarnos cuando nos "sabemos" pertenecientes a grupos diferentes y la poca intención que parecemos mostrar en conocernos. Así por ejemplo, vivimos en un mundo cada vez más global en el que gracias al desarrollo tecnológico es posible un acercamiento entre culturas y, sin embargo, parece haber una dificultad o barrera que se hace que el desconocimiento entre ellas sea cada vez mayor. Compartimos un mismo espacio físico, sin vernos, sin conocernos y sin sentirnos, ignorándonos como si viviéramos en planos paralelos o en  comportamientos separados.

            Mi preocupación es cómo podemos sacar partido a la diversidad y qué nos está impidiendo hacerlo, qué hace falta para despertar en nosotros la curiosidad de conocer al otro,  convivir e intercambiar con aquellos que son diferentes a nosotros, manteniendo nuestras diferencias, dándonos cuenta de su valor y aceptándonos en ellas, no como una tolerancia resignada desde la superioridad de "sabernos mejores" sino desde la comprensión de qué le ha llevado al otro a ser como es, algo que sólo es posible desde un acercamiento sensible a la esfera cotidiana del otro. Dice Laura Perls que "solo la experiencia de ser diferente, separado de los demás junto con la capacidad de tomar contacto con las cosas que sean diferentes de nosotros, nos puede proporcionar la verdadera independencia" [1].

        Me interesa sobre todo la influencia que tiene en la dificultad para acercarnos al otro el hecho de que, necesitando sentirnos individuales, únicos y diferentes a los demás, somos esencialmente seres sociales y necesitamos pertenecer a grupos. Este sentimiento de pertenencia junto con la lealtad que sentimos hacia el grupo, nos sirve de apoyo pero, en ocasiones, nos limita en el desarrollo de nuestra individualidad y esto a su vez frena el crecimiento del grupo. ¿De qué manera nos coarta el grupo a la hora de acercarnos a otras formas de ver, de hacer o de ser?; ¿tiene que ver con la lealtad, con el miedo a la exclusión, con la falta de juicio crítico?; ¿es falta de curiosidad, indiferencia, miedo a cuestionarnos?.

          Lo que quiero intentar aquí no es una explicación desde la teoría de la Terapia Gestalt sino una reflexión basándome en ella, partiendo de que un grupo puede ser estudiado como organismo en un entorno que, cuando interactúa con otros grupos o sus miembros entre sí, existe un self con sus funciones y modalidades de contacto.


El origen de la diversidad


          Podríamos pensar desde una perspectiva individualista, que es la distancia o el aislamiento entre los grupos lo que provoca una evolución diferente de cada uno de ellos, es decir, su diversidad, pero si nos detenemos un poco más, veremos que la consecuencia es un montón de grupos aislados e internamente homogéneos. Porque la diversidad surge en el momento en que estos grupos rompen el aislamiento y contactan, ya que es al reconocer al otro en su propia diferencia cuando podemos reconocernos a nosotros mismos y es "en la coexistencia de las divergencias en donde estaría la propiedad por excelencia que definiría nuestra cultura".[2]


El origen de la colectividad

        Un grupo social, igual que cualquier organismo vivo, crece en un entorno gracias al desequilibrio y a su tendencia a la autorregulación. En medio de sus necesidades, recursos, carencias, oportunidades y problemas que necesita resolver está buscando y descubriendo nuevas formas de recuperar un equilibrio inestable, que se ve interrumpido por nuevas necesidades que atender. El grupo se mantiene vivo y crece buscando y asimilando novedades y ajustándose creativamente al entorno, "manteniendo su diferencia y, lo que es más importante, asimilando el entorno para nutrir su diferencia".[3]

        La autorregulación del grupo supone, por una parte que éste hará lo mejor que pueda según sus capacidades y las posibilidades del entorno, y por otra una jerarquización de las  necesidades atendiendo siempre  a las que son más apremiantes, porque "la ley fundamental de la vida es la auto-preservación y el crecimiento [...] y lo más vulnerable o lo más apreciado va a ser lo primero que se defienda".[4]

             En este devenir, a través de sus experiencias, éxitos y fracasos, el grupo va descubriendo lo que conviene hacer y evitar, la forma de asegurar "lo mejor para el grupo", y para conseguirlo "la sociedad prohíbe lo que destruye la sociedad"[5]. De esta manera van apareciendo normas, ritos, valores, formas de expresión social, formas de pensar, costumbres o modelos de comportamiento social aceptadas por el grupo que, de forma explícita o implícita, van constituyendo su identidad como grupo social. Esta identidad es la parte colectiva de la identidad de cada miembro, es decir, lo que saben que son en cuanto diferentes a otros grupos sociales  y que les une como grupo. Todo esto, que constituye la función personalidad del self grupal, es una forma de verse, pensarse y sentirse, a sí mismo y a los otros.

        La función personalidad del self grupal se transmite a cada miembro del grupo y supone para cada uno de ellos un signo de pertenencia, sus raíces, su apoyo y una parte importante de su identidad. Y así es como nacen los sentimientos de pertenencia y la lealtad al grupo "que ha satisfecho necesidades y potencialidades y que es una fuente de fuerza para las acciones posteriores"[6]. La lealtad es fundamental para la cohesión del grupo y para asegurar la consecución de objetivos comunes.

            Pero el grupo no sólo aporta, también nos pide algo a cambio y así, cada miembro "no existe por cuenta propia, ha de vivir dentro de los límites de su grupo, por supuesto que esos límites también le protegen con tal de que consiga adaptarse a ellos"[7]. La colectividad nos exige asumir que estamos de acuerdo con aquello que nos identifica, el grupo nos reclama una " actitud de confluencia dentro de esos límites fijos, exigen que aceptemos la similitud y la concordia  sin cuestionarlas, exigen que seamos un solo ser -exigen que seamos un "nosotros" sin el "yo" y el "tu"-;  sin reconocer que yo y el otro somos dos seres diferentes. Se confunden e ignoran los límites"[8]. La confluencia es la eliminación de las diferencias.

            A través de la confluencia perdemos los límites con nuestro entorno y nos sentimos uno mismo con él, evitando el riesgo de la diferenciación y  perdiendo el significado de lo que somos.  Nada nos cuestionamos y perdemos la capacidad de tomar decisiones y de discriminar, nos limitamos a aceptar como algo dado los sentimientos, la ideología y el comportamiento de nuestro grupo. Introyectamos "lo otro", que permanece en nosotros como algo intacto  y desconocido -sin asimilar- y lo aislamos de  "lo propio" porque el contacto entre ambos nos lleva al conflicto, a la culpa o a la impotencia. No queriendo tener deseos propios ni sentir emociones, cortamos la excitación y terminamos por no saber "como nos van las cosas",  y así perdemos el autoapoyo. A la larga, nos convertimos en personas leales pero sin compromiso.


Un ejemplo de confluencia podemos verlo en el comportamiento de las sectas. Sus integrantes rompen los vínculos con todas las personas que no forman parte de ella y se cuestionan su forma de actuar. Sólo tienen acceso, ya sea a través de correo, teléfono, prensa, TV, libros, a la información  que previamente ha sido autorizada por el líder. Es fácil identificar de qué secta son miembros por su comportamiento, forma de vestir, forma de hablar, aficiones y gustos. No son más que clones de una misma versión.


            Lo opuesto a la confluencia es el aislamiento egotista. En el aislamiento, el miedo a ser tragado por el grupo nos lleva a un esfuerzo constante por ser independientes y autosuficientes.


Como ejemplo quiero hacer referencia a un joven alemán llamado Manfred Gnädinge, que llegó a Camelle, en la Costa da Morte gallega, hace más de 40 años. Man, como es conocido en el lugar, embrujado por la visión del océano que tenía ante sus ojos decidió quedarse, construyo una chabola entre las rocas, tras el dique de abrigo, y desde entonces vivió allí, cubierto únicamente por su barba y un taparrabos. Se alimentaba de algas, peces y crustáceos. Nunca entabló relación con nadie, pero tampoco dejó de saludar a los que, por curiosidad, se acercaban a verlo. Unos dicen que era un loco, otros un soñador y otros que huía de una realidad que no le agradaba y su silencio y aislamiento eran como un grito de rebeldía. Así vivió cerca de 40 años. Murió unos días después de que el Prestige cubriera de alquitrán negro la costa gallega, por la tristeza de ver destruido  aquello que tanto amó y por la estupidez humana, de la que no consiguió aislarse. Sólo la muerte le permitió el aislamiento completo.


            Evidentemente, la individualidad no implica el aislamiento personal, pues como sostienen pensadores como Hobbes o Rosseau, el hombre no puede concebirse aislado de la sociedad, pero no debe ser nunca uno más, parte indivisible de la masa, un huérfano de su propia personalidad. Sólo un personalidad definida "individual" genera creatividad, amor a los demás y a uno mismo. Uno es en función de sentirse en mayor o menos medida único y especial. 


La colectividad y la individualidad

           Cuanto más se enfatiza en la colectividad y pertenencia a un grupo menor es la capacidad creativa individual, pues lo que alimenta la creatividad es precisamente el afán por ser distinto de los demás, por transgredir los cánones establecidos, por ser y sentirse diferente y "raro".

        El desarrollo de la individualidad sigue el principio de autorregulación, que es "´buena`y ´no antisocial` cuando se la comprende correctamente"[9] y es necesaria, no sólo para estar atentos a nuestras necesidades y no dejarnos arrastrar por el grupo sin ser conscientes de ello, sino para que el grupo siga teniendo sentido porque da respuestas a las necesidades básicas de sus miembros. Para el desarrollo individual es necesario que nos reconozcamos "como diferentes" al resto del grupo, que encontremos el lugar adecuado entre la pertenencia y la autonomía, en definitiva, necesitamos tomar contacto con nuestra parte colectiva.

Laura Perls dice:

"el contacto supone reconocer al "otro", supone ser consciente de que existen diferencias [...] Estar en contacto es diferente, se refiere a un estado continuo que conduce poco a poco hacia la indiferencia (la confluencia) [10]. El contacto consiste en un proceso continuo de movimiento, de oscilación entre sí mismo y el otro".[11]

        A través del contacto recuperamos todo lo que habíamos alienado en la confluencia: la consciencia, la espontaneidad, la autenticidad y la autonomía.

        La evasión del contacto es lo que define la neurosis, lo que vuelve rígido al individuo y por tanto al grupo: "la emoción se convierte en ansiedad y terror o en indiferencia y hastío"[12]. Sin la confluencia nos sentiríamos solos. Si confluimos demasiado nos perdemos en el grupo. Si todos los miembros confluyen, el grupo no puede avanzar porque es el ir y venir de la colectividad a la individualidad de cada miembro lo que permite avanzar al grupo. Precisamente los grupos que demandan más confluencia de sus miembros son los más inmovilistas, porque

"La ansiedad surge dentro de una situación de confluencia, cada vez que ésta se ve amenazada [...] Es un estado de irritación generalizada sin diferenciación que no ofrece orientación suficiente como para hacer frente a la situación" [13].

        La frontera  se convierte en algo que aísla de todo aquello que queda fuera porque se considera hostil y amenazante. De esta forma, aquello que en su día aseguró lo mejor para el grupo deja de cuestionarse, ya no se responde de forma creativa al entorno, empieza a hacerse rígido, pierde funcionalidad y significado ya que "aquello que nos sirvió de soporte en el momento de su creación deja de ser de utilidad y se convierten en obstáculos que impiden el proceso vital"[14].  Entonces se ensalza la colectividad como forma de preservar el grupo a toda costa,  las normas se aceptan o se rechazan, no se cuestionan, y así se asegura la confluencia porque todo aquello que la haga peligrar nos hará sentir resentimiento y culpabilidad. Cuestionar es entonces falta de lealtad de modo que el contacto con el entorno se reduce al mínimo y así terminan por ser grupos cerrados y anacrónicos.

        La energía ya no se dedica a resolver la situación presente sino a conservar una tradición al precio que sea. "El self no se siente más que en las actitudes que ha introyectado" [15], entonces la experiencia interrumpida vuelve al fondo de la confluencia. Lo introyectado será entonces expresado en el contenido de las proyecciones, que nos sirve para asegurarnos protección y aislamiento del entorno.


El papel de la agresividad

        La agresividad no es una fuerza hostil que nos lleva a aniquilar al otro, sino que es "la fuerza que impulsa todas nuestras actividades y sin la cual no conseguiríamos  hacer nada [...] hace que nos enfrentemos con las cosas difíciles de la vida, no sólo destruye sino que construye"[16]. La agresividad es la energía que nos permite hacer aquello que nos interesa,  luchar y defender aquello que de verdad queremos, acercarnos con actitud crítica a los acontecimientos, cuestionarnos ideas y juicios propios y ajenos. Tiene mucho que ver con la curiosidad y la capacidad de asombro. "Sin agresividad, el amor se estanca y el contacto se pierde, ya que la destrucción es un medio de renovación"[17].

        Cuando la forma habitual de hacer ya no sirve, no aporta soluciones creativas, la agresividad nos sirve para desestructurar y estructurar de nuevo lo que somos, "no es ceguera hostilidad a un acto de rabia sino un paso necesario para alcanzar otra clase de integración"[18], y así lo que antes fue rechazado pasa a ser visto ahora como una alternativa o posibilidad. 

        Cuando un grupo rechaza las pulsiones agresivas en sus miembros se destruye a sí mismo porque "cuando las pulsiones agresivas son antisociales, es que la sociedad se opone a la vida y al cambio (y al amor)"[19] y porque "sólo la destrucción llena de cálido placer (y de rabia), de las formas preexistentes [...] conduce con frecuencia a un beneficio mutuo y al amor [...] Nuestra reticencia a arriesgarnos evidentemente está hecha de miedo: si se pierde esto ya no habrá nada, preferimos poca comida a ninguna.  Nos hemos acostumbrado así a la  escasez  y a la hambruna"[20]. De esta forma, la agresividad no se emplea de forma directa y creativa, sino intentando apartar una y otra vez aquello que se siente como peligroso, "tratando de aislar, compartimentar y enseñar los dientes a la ´amenaza subterránea`"[21].

        Un grupo así se cierra a toda posibilidad de cambio y se atrinchera en torno a sus valores y sus símbolos que ya no sirven más que para garantizar su unidad a toda costa. La lealtad al pasado es traición al aquí y ahora.


La individualidad como impulsora del crecimiento grupal

        El crecimiento tanto de los grupos como de los miembros que lo componen va parejo: el grupo potencia el desarrollo del individuo y el individuo hace avanzar al grupo.

        En las interacciones dentro y fuera del grupo es dónde surge la novedad. Y es el cuestionamiento de los miembros, la expresión de la individualidad de cada uno, el reconocimiento y aceptación de sus deseos, necesidades, esperanzas y expectativas, entendidos no como algo individual sino como una perturbación que está en el campo, lo que permitirá al grupo vivir el conflicto, cuestionarse, vivir el riesgo, la exploración, la invención y ampliar sus posibilidades. Entiendo esto como la función Ello del Self grupal, que es necesario articular con la función personalidad, "lo que somos", para no perder la capacidad de decidir y actuar. Pero si las necesidades que emergen no son inicialmente aceptadas por el grupo, nos asustamos, lo vivimos como un atentado a nuestra identidad como grupo, y nos debatimos entre seguir manteniendo "lo que somos" a toda costa - una muestra de lealtad al grupo" y la aceptación y el compromiso con lo que está pasando. Cuando es irreconciliable, la única lealtad consiste en abandonar el grupo sabiendo que no es nuestro lugar.

        Es en la frontera de intercambio entre lo aceptado como "nuestro" y las necesidades individuales, entendidas como desequilibrios en el campo, donde se encuentran los recursos para el aprendizaje, para actualizarse y renovarse con cada conflicto, y donde la capacidad creativa se puede ejercer y así evitar el mantenimiento de costumbres obsoletas que ya no sirve conservar. "Sentirse incómodo o violento es potencialmente creativo, la sensación momentánea de desequilibrio que experimentamos en el límite del crecimiento, al tener un pie en territorio conocido y el otro en territorio extraño [...] si somo flexibles y nos permitimos tambalear [...] conquistamos territorio nuevo, lo cual nos proporciona más soporte"[22].

            Esto aporta al grupo flexibilidad, auto-apoyo y fe.

            La flexibilidad permite apertura a la novedad.

           El autoapoyo  es básico para confiar en que "el presente es la experiencia de los detalles que se pueden disolver en múltiples posibilidades significativas, y el replanteamiento de estas posibilidades hasta llegar a un nuevo detalle concreto y específico"[23], y que "el segundo plano aportará los medios"[24], y sentir que lo importante es aquello hacia lo que nos dirigimos.

           La fe es saber "más allá de la simple consciencia, que si se da un paso más, seguirá habiendo suelo bajo nuestros pies"[25] .

            Cuando faltan la flexibilidad, el autoapoyo y la fe, "el self pierde la confianza en sus propios apetitos"[26] y en su capacidad de decidir y de vivir en la incertidumbre y se aferra a la necesidad egotista de controlar la realidad, como forma de prever el futuro y saber cómo va a ser paso a paso. La agresividad no se enfoca a la situación presente sino a luchar contra aquello que nos hace tambalear.

            Permitirnos expresar la individualidad es la única manera de "vivir con" el grupo a la vez que alcanzamos la autonomía, que es la posibilidad de estar con los otros y de estar con uno mismo, la flexibilidad de ser a veces dependientes y a veces independientes.


Comentario final: La lealtad no es "seguir la corriente"

            La pertenencia a un grupo no exime de responsabilidad a cada uno de sus miembros y la verdadera lealtad al grupo es, conociendo y aceptando los lazos emocionales que nos unen a él, entender que sólo a través de la aceptación y el compromiso con nuestra  individualidad estaremos aportando algo a su crecimiento. Si confluimos con el grupo diluimos en él nuestra responsabilidad  y acabaremos mal acompañados por no sentirnos solos. La verdadera lealtad es tener la iniciativa de llevar al grupo a plantearse "¿cómo emplear y desplegar el conflicto, la ansiedad, el pasado, su concepción y su interpretación, para conseguir el punto máximo del ajuste creativo?"[27]. es tener el coraje suficiente para seguir queriendo vivir en y con nuestro grupo, replanteándonos constantemente lo que somos y no cayendo en la complicidad y aceptación incondicional, que es lo fácil, o en el extremo opuesto, en el abandono por despecho. Porque lo que sentimos, lo que deseamos, lo que queremos que ocurra, depende en parte de cada uno, de lo que hagamos o no hagamos, de lo que estemos dispuestos a arriesgar para conseguirlo.

        La verdadera lealtad es coherencia con los afectos, es elección consciente y responsable, coherencia y compromiso con uno mismo y con el grupo, es gratitud y es también el coraje de dar algo de nosotros mismos, de ser auténticos. Es también aceptar lo que "somos juntos", y que en lo que somos hay cosas que nos gustan y cosas que no.

        Otra cosa es falsa lealtad, que es la lealtad "fácil" porque, aunque lleve asociado el dolor de anularnos a nosotros mismos para ser fieles a un pasado, no supone implicación personal, no responde al aquí y ahora. Esta falsa lealtad se vive como exigencia y presión; es la que dificulta el crecimiento y el cambio y puede llegar a convertir a los grupos en peligrosos y a nosotros a ser cómplices de las mayores atrocidades. Tenemos muchos ejemplos a lo largo de la historia.

        Si los grupos representan el consenso de la forma de pensar y de entender la vida, que es fruto del conjunto de experiencias de los individuos que lo integran, podemos ver como en el gobierno nazi  la manipulación del lenguaje consiguió anular el pensamiento individual e imponer una ideología como pensamiento único. Desde la instauración del gobierno nazi en 1933, la sociedad alemana, a través del Ministerio de Propaganda, fue sufriendo una ideologización  y una transformación progresiva, tendente al pensamiento único, mediante la creación de un lenguaje nuevo lleno de simbología, y con la manipulación del ya existente. El judaísmo se convirtió así, en "el enemigo", por definición, y sobre esta base, se cohesionó y transformó su identidad la Alemania de Hitler.

        Muchos dirigentes nazis estaban orgullosos por cumplir su misión y hacer lo que se esperaba de ellos, a pesar de las atrocidades acometidas. Resulta llamativo que Eichmann, durante su juicio, pudiera escuchar testimonios conmovedores sin inmutarse, pero cuando olvidó ponerse de pie durante la lectura de su sentencia, se ruborizó cuando le llamaron la atención.

        Para terminar quiero hacer una breve referencia a las Madres de la Plaza de Mayo, en Argentina, que aunaron su dolor para dar voz a una reivindicación conjunta, pero esta única voz no solapó las voces individuales, el dolor personal, las historias concretas. Esta lealtad continuó con el paso de los años, a pesar de la certeza de que esas historias nunca tendrían un final feliz.


[1].- Laura Perls: "Viviendo en los límites", Valencia, Ed. Promolibro, 1994, Pág. 136.

[2].- Perls, F.S., Hefferline, R. y Goodman, P. (1951): Terapia Gestalt: Excitación y crecimiento de la personalidad humana, Ferrol/Madrid, Ed. Sociedad de Cultura Valle-Inclán, Colección Los Libros del CTP, 2002. (A partir de ahora PHG, volumen, capítulo, apartado). PHG II, 4, 7, 3

[3].- PHG II, 1, 4, 1

[4].- PHG II, 4, 5, 3

[5].- PHG II, 8, 2, 5

[6].- PHG II, 13, 6, 2

[7].- Perls, Laura: Ibid, pág. 136

[8].- Perls, Laura: Ibid, pag. 134

[9].- PHG II, 8, 2, 5

[10].- Perls, Laura: Ibid, pag. 87

[11].- Perls, Laura: Ibid, pag. 137

[12].- Perls, Laura: Ibid, pag. 143

[13].- Perls, Laura: Ibid, pag. 121

[14].- Perls, Laura: Ibid, pag. 128

[15].-  Brigitte Lapeyronnie: La confluencia. Ferrol/Madrid, Ed. Sociedad de Cultura valle-Inclán, Colección Los Libros cel CTP, 2002, pág. 158

[16].- Perls, Laura: Ibid, pag. 53

[17].- PHG II, 8, 7, 1

[18].- Perls, Laura: Ibid, pag. 22

[19].- PHP II, 8, 9, 11

[20].- PHP II, 8, 5, 6

[21].- PHP II, 8, 3, 2

[22].- Perls, Laura: Ibid, pag. 145

[23].- PHP II, 5, 14, 5

[24].- PHP II, 8, 6, 2

[25].- PHP II, 8, 6, 2

[26].- PHP II, 8, 6, 2

[27].- PHP II, 4, 11, 5


Bibliografía

- Hernandez, Ángeles: "De estructura a patrón y viceversa", Madrid, Documento del CTP nº 229

- Lapeyronnie, Brigitte: La confluencia, Ferrol/Madrid, Ed. Sociedad de Cultura Valle-Inclán, Colección Los Libros del CTP, 2004.

- Perls, F.S., Herferline, R. y Goodman, P. (1951): Terapia Gestalt: Excitación y crecimiento de la personalidad humana, Ferrol/Madrid, Ed. Sociedad de Cultura Valle-Inclán, Colección Los Libros CTP, 2002

- Perls, F.S. (1942): Yo, Hambre y Agresión, Madrid, Sociedad de Cultura Valle-Inclán, Colección Los Libros del CTP, 2007.

- Perls, F.S.: El enfoque gestáltico y testimonios de terapia, Santiago de Chile, Ed. Cuatro vientos, 1994.

- Persl, F.S.: Dentro y fuera del tarro de la basura, Santiago de Chile, Ed. Cuatro Vientos, 1993.

- Perls, Laura: Viviendo en los límites, Valencia, Ed. Promolibro, 1994.

- Robine, Jean Marie: Manifestarse gracias al otro, Ferrol/Madrid, Ed. Sociedad de Cultura Valle-Inclán, 2006, Colección Los Libros del CTP.

- Robine, Jean Marie: Contacto y relación en psicoterapia. Santiago de Chile, Ed. Cuatro Vientos, 1999.

- Spagnuolo, Margherita: Psicoterapia de la Gestalt: hermenéutica y clínica, Barcelona, Ed. Gedisa, 2002.

- Vázquez Bandín, Carmen: "Cuando la vida se convierte en bolero o Las crisis y los conflictos, un análisis desde la Terapia Gestalt", Madrid, Documento del CTP nº 223.

- Vázquez Bandín, C. (2007): " Cuando la lealtad se convierte en un ancla", en Buscando las palabras para decir, Madrid, Ed. Sociedad de Cultura Valle-Inclán, Colección Los Libros del CTP, 2008.






Comentarios noticia

Nadie ha publicado todavía ningún comentario. Sé el primero en publicarlo.

Deja tu comentario